Erase un muñeco a una nariz pegado,
érase una nariz superviciosa,
érase una nariz de vicios caros,
érase una nariz enganchada a una sustancia bien costosa,
no hablamos de cola ni de vicios,
“tricio” era ya, lo de aquellas fosas;

Una vez con el hábito, su nariz le picaba,
para conseguir material muchas veces se alargaba.
Su nariz exigiendo, el soportándola por la cara,
rascarse no se atrevía, el serrín se lo impedía.
Su vida le daba miedo, pues temía a la madera,
hasta que se dio cuenta de lo zoquete y lo tarugo,
pudo salir ileso y volver a ser querido por Gepeto y Abejaruco.

